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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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Comentario a Salmos 28 | Ver Comentario al Salmo 28 |
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Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." E n la primera parte de este salmo, David, con tono de lamento, pide a Dios que le libre del acoso de sus enemigos (vv. 1-3), para los que predice el justo castigo de Dios por la maldad de ellos (vv. 4, 5). En la segunda parte, David prorrumpe en un cántico de acción de gracias al Señor por la liberación obtenida (vv. 6-8), terminando con una oración profética a favor del pueblo de Dios (v. 9).Versículos 1-5 Vemos aquí a David ocupado en una ferviente oración. 1. Ruega a Dios que le escuche y le responda en el aprieto en que se encuentra (vv. 1, 2): «A ti clamaré (es decir, estoy clamando), oh Yahweh, roca mía (denotando su fe en el poder protector de Dios), como quien se halla en grave aprieto, presto a hundirse, a menos que tú acudas enseguida con el oportuno socorro; no te desentiendas de mí (lit, no te hagas el sordo a mí), semejante a los que bajan a la fosa (hebr. bor); si tú me dejas, estoy perdido. Estoy alzando mis manos hacia tu santo templo (lit. hacia el oráculo de tu santidad), para recibir de allí una respuesta de paz.)) Vemos aquí que el Lugar Santísimo es llamado «oráculo», porque allí estaba el propiciatorio, y Yahweh que mora entre los querubines, se dirigía desde allí a su pueblo (Nm. 7:89). Esto era tipo de Cristo, y a El es a quien hemos de levantar nuestros ojos, nuestras manos y nuestro corazón, puesto que mediante El nos vienen de parte de Dios todos los bienes de que disfrutamos. 2. Mediante una imprecación (o mejor, predicción) declara el final funesto de los malvados, a la vez que pide no correr la misma suerte que ellos (vv. 3, 4): «No me arrebates juntamente con los malos, y con los que hacen iniquidad. Atiéndeme, Señor, desde tu santo lugar, y no me dejes a merced de ellos ni de mí mismo, no sea que yo llegue a usar para mi salvaguardia los mismos medios engañosos y traicioneros que ellos usan para mi ruina. » «Dales conforme a sus obras (v. 4), como se merecen. » No es éste un lenguaje de pasión o venganza, sino más bien de profecía y de aborrecimiento del pecado. Con todo, estas expresiones están todavía muy lejos del espíritu del Nuevo Testamento (comp. con Mt. 5:44-48; Ro. 12:19-21; 1 P. 3:9, etc.). 3. Predice la destrucción de sus enemigos, por haber éstos despreciado a Dios (v. 5): «Por cuanto no consideran las acciones de Yahweh ni la obra de sus manos, Ellos derribará y no los edificará» (nótese el contraste con Jer. 24:6). Aquí tenemos, no una imprecación, sino un anuncio. Los hombres niegan o ponen en duda el ser y las perfecciones de Dios por no considerar debidamente las obras de Dios, las cuales declaran su gloria. Versículos 6-9 1. David prorrumpe ahora en acción de gracias a Dios. Con fe había orado: «Oye la voz de mis ruegos» (V. 2); y con la misma fe le da gracias, porque «oyó la voz de mis ruegos» (V. 6). Quienes oran con fe, podrán regocijarse en la esperanza. Lo que obtenemos con la oración, lo hemos de llevar con gratitud. 2. Se anima a sí mismo a esperar que Dios completará todo lo que está haciendo a su favor. Este es el correcto método para adquirir la paz: comenzar con alabanza, la cual está al alcance de nuestras manos. Declara luego (v. 7) su experiencia de los beneficios que le ha reportado su dependencia de Dios: «En El confío mi corazón y fui socorrido. Confié en su poder y en su promesa, y no he quedado decepcionado, pues Dios me ha dado a su debido tiempo, no sólo el socorro que le pedí, sino también la gracia de confiar en El, lo que me ha ayudado a sostenerme y me ha preservado de desmayar (27:13). Por lo que exulta de gozo mi corazón.» 3. Se satisface con el interés que todos los buenos tienen en Dios (v. 8): « Yahweh es la fortaleza (es decir, la fuerza) de su pueblo; no sólo mía, sino de todo creyente. » Así es como tenemos comunión con todos los santos en todas las cosas santas, ya que Dios es nuestra fuerza así como la de ellos, pues Jesucristo es Señor de ellos y nuestro (1 Co. 1:2). 4. Concluye con una breve, pero ferviente, oración por el pueblo de Dios (v. 9). Ora por Israel, no como pueblo suyo, sino de Dios, y pide a Dios: (A) Que les salve de sus enemigos; (B) Que les bendiga con toda clase de bienes; (C) Que los apaciente: que los nutra y dirija; y (D) Que los conduzca para siempre: que les preserve de todo mal, no sólo para el momento presente, sino a lo largo de los siglos, hasta el fin.
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