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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre
 tales adoradores busca que le adoren.
Jn..4:23

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Comentario a Salmos 39

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Salmos 39 --El carácter transitorio de la vida--.
Salmo de David

1 Yo dije: Atenderé a mis caminos,
Para no pecar con mi lengua;
Guardaré mi boca con freno,
En tanto que el impío esté delante de mí.
2 Enmudecí con silencio, me callé aun respecto de lo bueno;
Y se agravó mi dolor.
3 Se enardeció mi corazón dentro de mí;
En mi meditación se encendió fuego,
Y así proferí con mi lengua:
4 Hazme saber, Jehová, mi fin,
Y cuánta sea la medida de mis días;
Sepa yo cuán frágil soy.
5 He aquí, diste a mis días término corto,
Y mi edad es como nada delante de ti;
Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive. Selah
6 Ciertamente como una sombra es el hombre;
Ciertamente en vano se afana;
Amontona riquezas, y no sabe quién las recogerá.
7 Y ahora, Señor, ¿qué esperaré?
Mi esperanza está en ti.
8 Líbrame de todas mis transgresiones;
No me pongas por escarnio del insensato.
9 Enmudecí, no abrí mi boca,
Porque tú lo hiciste.
10 Quita de sobre mí tu plaga;
Estoy consumido bajo los golpes de tu mano.
11 Con castigos por el pecado corriges al hombre,
Y deshaces como polilla lo más estimado de él;
Ciertamente vanidad es todo hombre. Selah
12 Oye mi oración, oh Jehová, y escucha mi clamor.
No calles ante mis lágrimas;
Porque forastero soy para ti,
Y advenedizo, como todos mis padres.
13 Déjame, y tomaré fuerzas,
Antes que vaya y perezca.

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Comentario a Salmos 39

Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia."
Libros poéticos -Salmos Tomo-1. Editorial CLIE.

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Parece ser que David se hallaba en gran aprieto cuando compuso este salmo, pues le resulta difícil seguir el consejo que ha dado a otros (salmo 37) de guardar silencio ante el Señor y esperar en Él sin impacientarse. I. Declara la lucha que sentía en su pecho entre la gracia y la corrupción, entre la pasión y la paciencia (vv. 1-3). II. Medita sobre la fragilidad de la vida humana y ruega a Dios que le instruya acerca de ello (vv. 4-6). III. Pide a Dios que le perdone sus pecados, retire de él sus aflicciones y le alargue la vida hasta que esté debidamente preparado para morir (vv. 7-13).

Versículos 1-6

David dirige este salmo a Yedutún (hebr. lduthún), uno de los directores de coro que él había nombrado para el servicio del santuario (1 Cr. 16:41; 25:1-3). Reflexiona aquí sobre los sentimientos de su corazón en medio de las aflicciones que sufre.

1. Recuerda el pacto que había hecho con Dios. Siempre que nos sentimos tentados a pecar, hemos de recordar los solemnes votos que hemos hecho de no cometer algún pecado particular en el que nos vemos prestos a caer.

(A) Trae a la memoria la resolución que había hecho de ser cauto y circunspecto en su conducta (v. 1): «Velaré sobre mis pasos. » Después de decidir velar sobre nuestros pasos, debemos recordar a menudo tal resolución.

(B) Trae también a la memoria la especial resolución que había hecho de abstenerse de pecar con la lengua. No resulta fácil a veces impedir que se introduzca en nuestra mente un mal pensamiento; pero, en el caso de que tal cosa suceda, hemos de frenar la lengua, como David, a fin de que no salga al exterior el mal pensamiento: «Pondré a mi boca un freno», dice él. La vigilancia en el hábito es el freno en la cabeza; la vigilancia en el acto es la mano en el freno. Es como la mordaza que se le pone a un perro feroz y sin domesticar. Con una rápida decisión se impide que una palabra corrompida salga de la boca, y así se le pone freno o mordaza. Cuando David se hallaba en compañía de los impíos (v. 1b), se cuidaba de decir cosa alguna que sirviese para que ellos se endurecieran ç blasfemaran.

2. Conforme a este propósito, estaba dispuesto a pasar prontamente a poner por obra su resolución (v. 2): «Enmudecí, guardé silencio y me callé» (la frase siguiente —nota del traductor— es traducida en versiones antiguas, también en la RV 1960: «aun respecto de lo bueno», lo cual, como afirma M. Henry que sigue dicha lectura, indicaría una debilidad de David, al no ser capaz de hablar ni lo bueno, pero el gran Diccionario de Brown-Driver-Briggs lo traduce como «a causa de lo bueno», es decir, a causa de la felicidad de los impíos, como dicen el texto y el margen en la RV 1977).

3. Cuanto menos hablaba, más pensaba y se enardecía de dolor e ira (vv. 2, 3). Había puesto mordaza a su lengua, pero no pudo ponerla a su corazón. Nótese que quienes se hallan con el ánimo impaciente y airado no deben avivar el fuego mediante una meditación prolongada, porque, mientras permiten que sus pensamientos se fijen en las causas de sus calamidades, el fuego del descontento recibe más combustible y arde con mayor furia. Por consiguiente, si queremos impedir las explosiones de una pasión sin freno, hemos de impedir primero la continuación de unos pensamientos pertinaces.

4. Cuando, por fin, se decidió a hablar (y. 3b), lo hizo con buen objeto (más bien que con enfado, como opinan algunos).

(A) Pide a Dios que le haga ver la brevedad de la vida (y. 4): «Hazme saber, Yahweh, mi fin... » No pide a Dios que le haga saber cuándo va a morir, sino que le haga percatarse de la fragilidad y brevedad de la vida, como se ve por el contexto. Este pensamiento es siempre útil. Para el impío, el fin de la vida es el fin de todos sus placeres; para el piadoso, es el fin de todos su dolores. Cuando consideramos la muerte como algo muy distante, estamos tentados a prorrogar la necesaria preparación para este último momento en este mundo; pero, si consideramos cuán corta es la vida terrenal, nos veremos espoleados a obrar el bien, no sólo con todas nuestras fuerzas, sino también con toda premura posible.

(B) Medita a continuación sobre esa brevedad de la vida, con el ruego implícito de que Dios le alivie la carga de sus pecados y de sus aflicciones (v. 5): «He aquí, diste a mis días la largura de un palmo.» Observa Arconada: «El palmo hebreo no era como el nuestro (distancia que va entre meñique y pulgar de la mano extendida, unos veinte centímetros), sino la distancia entre los cuatro dedos (excluido el pulgar) de la mano cerrada y plana (unos siete centímetros); por lo tanto, la imagen significa Un tiempo mucho más corto de lo que podríamos imaginar.» No necesitamos, pues, grandes conocimientos de matemáticas para medir nuestra vida, ya que su fin está en la punta de cuatro dedos de la mano. Nuestro tiempo es corto; así lo ha hecho Dios y así lo sabe Él: «El tiempo de mi vida es como nada delante de ti» (v. 5b). No es extraño que este versículo finalice con una pausa (hebr. selah), pues bien merece la pena pararse a reflexionar sobre una verdad tan tremenda. Como prueba de la vanidad de la vida del hombre sobre la tierra, David menciona (v. 6) tres cosas:

(a) La vanidad de nuestros goces y de nuestros honores, pues incluso cuando más majestuoso pueda aparecer a la vista de los hombres, no es más que como una sombra que pasa, un vano alarde.

(b) La vanidad de nuestras penas y de nuestros temores, pues «en vano se afana» (lit, en vano obran tumultuosamente), es decir, actúa apresurada y estrepitosamente, tanto por afán de conseguir lo que desea como por escapar de lo que teme, siendo frecuentemente sus temores fruto únicamente de su fantasía y, por ello, pura vanidad.

(C) La vanidad de sus preocupaciones y fatigas: «Amontona riquezas y no sabe quién las recogerá.» ¡Cuán gráfica y persuasivamente lo expresó el Señor en la parábola del rico necio! (Lc. 12:16-2 1). Las riquezas son como el fiemo que se emplea para abonar los campos: si se amontona, huele que apesta; pero si se distribuye, sirve para fertilizar la tierra.

Versículos 7-13

En estos versículos, el salmista vuelve los ojos y el corazón hacia el Cielo. Cuando uno se percata de que no puede hallarse satisfacción sólida en las criaturas, está preparado para hallarla en la comunión con Dios; y a El deberían conducirnos los desengaños que sufrimos en este mundo. Vemos aquí:

1. Su dependencia de Dios (v. 7). No espera conseguir la felicidad en las cosas de este mundo y, por eso, le dice a Dios: « Y ahora, Señor, ¿qué puedo yo esperar? Nada de las cosas de los sentidos ni del tiempo; no tengo nada que desear, nada que esperar, de las cosas de la tierra. Mi esperanza está en ti. » No podemos echar cuentas de tener siempre buena salud, prósperos negocios, muchos y buenos amigos, etc., pues todo eso es tan incierto y caduco como nuestra existencia en este mundo.

2. Su sumisión a Dios y su gozosa aquiescencia a la voluntad de Dios (v. 9): «Tú lo hiciste». Como diciendo: «Esto no ocurrió por casualidad, sino por designio tuyo.» En todos los acontecimientos, hemos de decir:

«Este es el dedo de Dios», cualesquiera sean los instrumentos de que se valga.

3. Su deseo de Dios y la plegaria que le dirige:

(A) Para que le perdone su pecado y le preserve de la confusión (v. 8). Antes de pedir: «Retira de mí tus golpes» (v. 10), dice: «Líbrame de todas mis transgresiones» (v. 8); perdonándole la culpa, puede esperar que le libre del castigo que se merece por su pecado. Y añade: «No me pongas por escarnio del insensato» (v. 8b). Los malvados son insensatos (aquí aparece, una vez más, el vocablo hebreo nabal, como en 14:1; 53:1).

Lo peor es que piensan que son listos cuando hacen escarnio de los buenos, lo cual es precisamente su mayor locura.

(B) Para que retire de él su aflicción, pues se halla muy deprimido a causa de ella (v. 10): «Retira de mí tus golpes; estoy consumido bajo la dureza de tu mano.» Su enfermedad le había debilitado hasta tal punto que su ánimo estaba decaído, su fuerza se hallaba exhausta, y su cuerpo se había vuelto macilento. Nuestras malas obras nos atraen la aflicción, por lo que somos castigados con nuestra propia vara. Es el yugo de nuestras rebeliones, aunque haya sido atado por su mano (Lam. 1:4). No obstante, los golpes de la disciplina de Dios son para nuestro bien (v. 11):

«Castigando sus pecados, corriges al hombre» (comp. Heb. 12:6-1 1). La belleza del hombre: todo lo que él más aprecia; ya sea la vida, la comodidad, los placeres, las riquezas, las fuerzas y la misma hermosura del cuerpo, todo ello queda consumido por la mano de Dios, que hace la labor de la polilla (comp. Os. 5:12).

(C) Ruega a Dios que escuche su oración y le dé un poco de respiro ante la brevedad de la vida. Ahora se ve como forastero y huésped (v. 12, comp. con 1 P. 2:11), lo mismo que sus antepasados, reconociendo así que se halla de paso en este mundo y que va de viaje a otro mundo mejor, no pensando que estará en su propia casa hasta que llegue al hogar celestial. Pero antes necesita recobrarse un poco (v. 13): «Déjame y tomaré fuerzas, antes que me vaya y perezca.» Como diciendo: «Haz que me recupere de esta enfermedad, que recobre la energía de mi cuerpo y de mi mente, para que, con el ánimo calmado, pueda prepararme mejor para el momento en que tenga que marcharme de este mundo.»


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