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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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Comentario a Salmos 47 | Ver Comentario al Salmo |
Salmo 47 -Dios, el Rey de toda la tierra
1 Pueblos todos, batid las manos; ____________________________________________________
Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." El objeto de este salmo es estimularnos a alabar a Dios. En este salmo: I. Se nos instruye sobre el modo de hacerlo, pública, alegre e inteligentemente (vv.1, 6, 7). II.
Se nos provee de material para la alabanza: Sobre la ocasión de su redacción, se han hecho muchas suposiciones, pero nada se sabe de cierto. Versículos 1-4 El salmista, con el corazón lleno de grandes y buenos pensamientos acerca de Dios, trata de estimular a cuantos le rodean a que canten las divinas alabanzas. 1. Quiénes son convocados a alabar a Dios: «Pueblos todos, etc.’) Así que puede tomarse como una profecía de la conversión de los gentiles y de su entrada en la Iglesia (comp. con Ro. 15:11). 2. Qué es lo que se le pide que hagan: «Batid palmas», como quienes no pueden contener su entusiasmo; «aclamada Dios con gritos de júbilo»; no para que Dios les oiga, sino para hacer que lo oigan todos los que los contemplan. Han de regocijarse en Dios, en su poder y en su bondad, para que puedan unirse a ellos quienes les ven y participen del mismo regocijo. 3. Qué es lo que se nos propone como materia de nuestra alabanza (y. 2): «Porque Yahweh el Altísimo es temible —es decir, causa pavor—; Rey grande sobre toda la tierra, con cuidados especiales para su pueblo.» Esto lo había hecho Dios por ellos, como lo atestigua su establecimiento en Canaán, y su continuación allí hasta el día en que esto se escribía. El reino del Mesías ha de establecerse sobre toda la tierra, sin estar confinado únicamente a la nación de Israel. «El nos elegirá nuestras heredades» (y. 4). Había escogido el país de Canaán para que fuese la heredad de Israel y, al fijar su santuario en medio de ellos, lo había convertido en «la gloria (más exactamente, el orgullo, comp. Am. 6:8) de Jacob. » Espiritualmente, puede aplicarse: (A) A la dicha de los santos, por haber escogido Dios mismo para ellos una herencia incorruptible (1 P 1:4). (B) A la fe y sumisión de los santos a Dios. Éste sabe mucho mejor que yo lo que me conviene y, por tanto, sólo quiero lo que El haya dispuesto para mí. » Versículos 5-9 ¿No habrían de alabar los súbditos a su rey? Dios es nuestro Rey y, por tanto, debemos alabarle. El versículo 7 parece sugerir un determinado modo de alabar a Dios: «Cantad con destreza.>) El hebreo dice: «Cantad un masquil », lo que, con la mayor probabilidad, indica una determinada melodía, la que, por supuesto, había de ser cantada con todo esmero, como se merece Aquel a quien el canto se dirige. A Dios hemos de cantarle con entendimiento (1 Co. 14:15), como llevados del Espíritu Santo (Ef. 5:19) y, por tanto, del mejor modo que nos lo permitan nuestra voz y nuestro oído. 1. Hemos de alabar a Dios en su ascender (v. 5): «Sube Dios entre aclamaciones»; lo cual puede referirse, (A) a la subida del arca al Monte Sión, pues siendo el arca la señal visible de la presencia de Dios entre ellos, bien se le podía aplicare! verbo «subir» adondequiera fuese puesta después de estar en medio de ellos; (B) con mayor probabilidad, a la subida de Dios mismo a su morada celestial después de haber intervenido en el campo de batalla a favor de su pueblo; (C) en sentido acomodado, a la ascensión del Señor Jesús a los cielos, después de haber consumado su obra de redención en la tierra (Hch. 1:9). 2. Hemos de alabar a Dios en su reinar (vv. 7,8): «Se sentó Dios sobre su santo trono», sobre su trono celestial, desde el que lo gobierna todo. Obsérvese la extensión del gobierno de Dios: todos nacen bajo su feudo; incluso los paganos, que sirven a otros dioses, están gobernados por el Dios verdadero, nuestro Dios, lo quieran o no. Véase también la equidad de su gobierno: el trono en que se sienta es santo y desde allí da leyes, órdenes, decretos, garantías, sentencias, etc. en las que, podemos estar seguros, no se halla injusticia alguna. 3. Hemos de alabar a Dios cuando le vemos honrado por los príncipes de los pueblos, de todos los pueblos de la tierra, como pueblo (o, mejor, con el pueblo) del Dios de Abraham (v. 9). Dice el doctor Cohen: «La mención de Abraham une la profecía sobre el futuro con la promesa hecha en el pasado de que había de llegar a ser padre de una multitud de naciones (Gn. 17:4).» Y, citando a Maclaren, continúa: «La obliteración de la distinción entre Israel y las naciones mediante la incorporación de éstas, de forma que los pueblos lleguen a formar parte del pueblo del Dios de Abraham, flota ante la vista profética del cantor, como el objetivo final de la gran manifestación que Dios hace de sí mismo. » «Los escudos de la tierra» (y. 10) designan simplemente los reyes y príncipes de los respectivos pueblos; con el término «escudos» (hebreo, maguinney) se designan, en Os. 4:18, los gobernantes. Como aplicación espiritual, podemos señalar que esos «escudos», enseñas de dignidad real (v. 1 R. 14:27, 28), se rinden ante el Señor Jesús, de la misma manera que se ofrecen a un conquistador, soberano o persona notable, las llaves de una ciudad. Cuando los príncipes de este mundo hacen lo posible para que se protejan y prosperen los intereses de la religión cristiana, es entonces grandemente enaltecido el Señor Jesucristo.
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