Muchos expositores opinan, en
conformidad con la propia tradición judía, que David compuso este salmo
con ocasión de la rebelión de su hijo Absalón, y que el enemigo especial
que se portó traidoramente con él era Ajitófel, como en 41:9, siendo así
David, en esta ocasión, tipo de Cristo en sus sufrimientos, y Ajitófel de
Judas, pues ambos fueron traidores y se ahorcaron. Pero no hay en este
salmo ninguna cosa que sea aplicada a Cristo en el Nuevo Testamento.
David: I. Ora que Dios le muestre su favor y expone su tristeza y
sus temores (vv. 1-8). II. Ora que Dios manifieste su desagrado
contra sus enemigos, y alega la gran perversidad y la traición de ellos
(vv. 9-5, 20, 21). III. Se anima a sí mismo con la seguridad de que
Dios se manifestará a favor de él, a su debido tiempo, en contra de sus
enemigos, se consuela con esta esperanza y anima a otros a confiar en Dios
(vv. 16-19, 22, 23).
Versículos 1-8
1. David orando. La oración es
buen remedio para toda herida y buen alivio a todo espíritu que gime bajo
una pesada carga: «Escucha, oh Dios, mi oración» (v. 1). E insiste: «No te
retraigas a mi súplica. Atiéndeme y respóndeme» (vv. 1b-2a). Si en
nuestras oraciones abrimos a Dios nuestro corazón y le exponemos
sinceramente nuestro caso, tenemos razón para esperar que Él no esconderá
de nosotros su persona, ni sus favores ni sus consuelos; pero es preciso
orar con perseverancia, como David, sin desfallecer.
2. David llorando; pues también
en esto era tipo de Cristo, varón de dolores y experimentado en quebranto
(Is. 53:3), y también de lágrimas a gritos (v. He. 5:7). «Clamo en mi
oración y me desasosiego», dice David (v. 2b). Le quitan el sosiego «los
gritos del enemigo» (v. 3), es decir, las amenazas, así como las
calumnias, que lanzaban contra él Absalón y sus seguidores, hasta
soliviantar al pueblo para que se rebelase contra un rey tan bueno como
David, y le sacasen de su palacio y de su ciudad, como hicieron después
con Jesús los principales sacerdotes y aun toda la multitud cuando
gritaban ante Pilato: « ¡Fuera con ése...! ¡Crucifícale, crucifícale!»
(Lc. 23:18, 21). «Sobre mí vierten la iniquidad», dice David; esto es,
sobre mí maquinan un malvado plan tras otro (más bien que, por todos los
medios tratan de hacerme odioso).
3. David temblando y en gran
consternación. Podemos suponer que de verdad temblaba al estallar la
conspiración de su hijo Absalón y ver la general defección del pueblo.
David era hombre valiente y osado, que en muchas ocasiones se había
señalado por su bravura, pero en esta ocasión, ante tan grande, y tan
inminente, peligro, desfalleció su corazón (vv. 4, 5). Los «terrores de
muerte» significan algo más que el simple temor a la muerte; expresan el
terror que inspira una muerte violenta y horrible. La fe de David le había
hecho decir, viéndose rodeado de enemigos: «No temeré lo que pueda hacerme
el hombre», pero ahora el miedo le tiraniza y agarrota; pues aun los
mejores no están libres de temores, ya que no siempre está su fe al mismo
alto nivel de fortaleza y confianza en Dios ¡Cómo deseaba David, en esta
ocasión, poder escapar al desierto! (vv. 6, 7). Desea alas, no de halcón,
sino de paloma, pues no quiere volar para caer sobre la presa, sino para
poder escapar de aquellas aves de presa que eran sus enemigos. La paloma
vuela despacio y bajo, y busca refugio donde resguardarse; así querría
David volar ahora, para escapar del viento borrascoso, de la tempestad (v.
8); compara el tumulto que ha surgido en la ciudad a una tormenta
borrascosa y amenazante. Con tal de poder descansar, volaría adonde fuese,
aun al desierto (vv. 6, 7).
Versículos 9-15
Se queja aquí David de sus
enemigos, cuyo perverso complot le había llevado, si no al final de su fe,
al final de sus ánimos.
1. La forma en que describe a
sus enemigos. Eran de lo peor de los hombres, y la descripción que hace de
ellos coincide con lo que sabemos de Absalón y sus cómplices en la
revuelta. David no ve en la ciudad santa otra cosa que violencias y
discordias (v. 9), iniquidad, malicia e insidias en medio de ella (vv. 10,
11); y la violencia y el fraude no se apartan de sus plazas (v. 11. Mejor,
de su amplia plaza; es decir, la plaza principal de la ciudad, donde se
llevaban a cabo las transacciones en los negocios) ¿Así se porta
Jerusalén, el cuartel general de los sacerdotes de Yahweh? ¿Es esto lo que
le han enseñado? ¿Es posible que Jerusalén sea tan ingrata con David, su
ilustre fundador, hasta el punto de no permitirle residir allí? Se queja,
en especial, de uno de los líderes de la conspiración, que había estado
muy ocupado en fomentar celos contra él, en denigrar su persona y su
gobierno y en soliviantar la ciudad ¿Quién era el más activo en todo esto?
(vv. 12-14): « No un enemigo jurado, como Simeí, ni alguno de los que de
antaño me aborrecían, lo cual habría soportado, puesto que no podía
esperar mejor cosa de ellos, sino tú, un hombre de mi categoría (lit.), mi
amigo y mi familiar etc. » La paráfrasis caldea nombra explícitamente a
Ajitófel como la persona aludida aquí. En la Iglesia, como en Israel de
antiguo, siempre ha habido, hay, y habrá una mezcla de buenos y malos. No
debemos extrañarnos de hallar muchas personas que, tras profesar gran
interés por las cosas de Dios y gran amistad hacia los hijos de Dios, nos
decepcionan y nos llenan de tristeza al ver que estaban faltas de
sinceridad y fe genuina. David mismo, a pesar de ser hombre sabio y
experimentado, sufrió amargas decepciones, lo cual debe hacernos más
tolerables las nuestras.
2. Oración de David en contra
de ellos. David ora: (A) Que Dios se digne dispersarlos, confundiendo sus
lenguas (v. 9), como hizo en Babel, a fin de que no puedan ponerse de
acuerdo unos con otros (comp. 2 S. 17:1-14). Con frecuencia, Dios destruye
a los enemigos de la Iglesia dividiéndolos, pues no hay mejor medio de
destruir a un grupo o a una nación que dividiéndolos. (B) Que Dios los
destruya de la misma forma que destruyó a Coré y a sus cómplices (v. Nm.
16:30): «Que la muerte les sorprenda; desciendan vivos al Seol» (v. 15).
Comenta el profesor Davison: «Esta súbita y completa destrucción es
deseada, no con espíritu de crueldad, sino como una señal segura de
visitación divina»
Versículos 16-23
En estos versículos:
1. David persevera en su
resolución de invocar a Dios, estando bien seguro de que no le buscará en
vano (v. 16): «En cuanto a mí, aunque ellos tomen la ruta que mejor les
plazca y sean sus guardas la violencia y la discordia, la mía será la
oración; en ella he hallado siempre consuelo y, por tanto, en ella
permaneceré; a Dios clamaré, a Él me encomendaré, y Yahweh me salvará»
(Nótese el contraste: a Dios -hebreo, Elohim: Dios como Hacedor y Juez de
todos- clamaré, y Yahweh: -Dios como misericordioso favorecedor de los
suyos- me salvará). Piensa orar por la tarde (comienzo del día hebreo -v.
Gn. 1:5 y ss), por la mañana y al mediodía. Esta era la costumbre de
Daniel (Dan 6:10), y el mediodía era una de las horas de oración de Pedro
(Hch. 10:9). Quienes piensan que no pueden pasar sin tres comidas al día
para el cuerpo, deberían pensar que menos se puede pasar sin tres solemnes
oraciones al día para el alma, y habrían de tenerlas como un refrigerio,
no como una obligación.
2. El mismo será librado y no
tendrá de qué temer. Comienza gozándose en su esperanza (v. 18): Él
redimirá (lit. ha redimido -pretérito profético) en paz mi alma; esto es,
la librará. David está tan seguro de su liberación como si ya se hubiese
efectuado. Con los ojos de la fe se ve a sí mismo rodeado, como lo estuvo
Eliseo, de caballos y carros de fuego y, por eso, canta victorioso:
«...aunque contra mí haya muchos» (comp. 2 R. 6:16, 17).
(B) Sus enemigos serán
abatidos. (a) David los describe aquí para que se vea el motivo por el
cual esperaba él que Dios los abatiría (v. 19): Por cuanto ellos no se
enmiendan ni temen a Dios. El original dice a la letra: Los cuales no
tienen cambios, etc. El Dr. Cohen propone esta interpretación: « Estos
hombres han disfrutado de una continua serie de éxitos sin fracasar jamás;
por consiguiente no les pasaba por la mente la idea de una retribución»
(punitiva). El mismo M. Henry explica así el sentido del original: «No
tienen cambios (no tienen aflicciones ni interrupción en el curso
constante de su prosperidad; no tienen cruces para vaciarlos de una vasija
a otra), por eso no temen a Dios». Actúan traicioneramente (v. 20), sin
consideración a los más sagrados y solemnes pactos. Son hipócritas, que
fingen amistad mientras traman el mal (v. 21). Nótese el contraste entre
«mantequilla» y «aceite» en los labios, por una parte, y «guerra» y
«espadas desenvainadas» en el corazón, por otra. (b) David predice su
ruina (v. 19): Dios oirá y los humillará luego. Ellos eran traidores y
sanguinarios, engañaban y defraudaban a otros; justo era, pues, que Dios
los abatiese.
3. Se anima a sí mismo y a
todos los buenos a encomendarse a Dios y tener confianza en Él. «Pero yo
(enfático en el original) en ti confiaré -termina diciendo (v. 23b); en tu
providencia, poder y favor, no en mi prudencia, fuerza ni méritos;
mientras los sanguinarios y engañadores son abatidos en la mitad de sus
días, yo viviré por fe en ti. » Y esto es lo que quiere que hagan los
demás (v. 22): «Echa sobre Yahweh tu carga, quienquiera seas tú y
cualquiera sea tu carga. » Los LXX traducen: Echa sobre el Señor tu
ansiedad (de donde lo cita el Apóstol Pedro-1 P. 5:7). En efecto, la
ansiedad, esto es, la preocupación desmedida es una carga en el corazón
que abate al hombre (Pr. 12:25). Echar sobre Dios nuestra carga es
mantenernos firmes en su providencia y en su promesa. Si así lo hacemos,
está prometido: (A) Que Él nos sostendrá. No nos ha prometido preservarnos
de cargas, sino ayudarnos a llevarlas; (B) Que nunca permitirá que los
justos sean sacudidos por las pruebas hasta el punto de faltar a sus
obligaciones con Dios ni que pierdan el consuelo que tienen en Él.