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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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Comentario a Salmos 77 | Ver Comentario a Salmos 77|Salmos 77 -Meditación sobre los hechos poderosos de Dios
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Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." Este salmo comienza con frases quejumbrosas, pero termina con expresiones de aliento y esperanza. Parece ser que fue compuesto en la cautividad de Babilonia; se notan ideas similares a las de la oración de (Hab. 3).I. El salmista se queja de la profunda impresión que producen en el ánimo de los cautivos las angustias que sufren (vv. 1-10). II. Se anima a sí mismo con la esperanza de que todo concluirá bien, al recordar las antiguas manifestaciones de Dios en ayuda y socorro de su pueblo (vv.11-12). Versículos 1-10 Tenemos aquí el retrato vivo de un buen hombre en estado de gran melancolía. Las personas devotas de carácter depresivo pueden ver aquí su rostro como en un espejo. Sin embargo, parece ser que las penas y los temores habían desaparecido ya cuando redactó el salmo, pues los verbos están en pretérito, y así los pone desde el principio del salmo para dar a entender que su angustia no desembocó en desesperación. 1. Su oración melancólica: «Con mi voz clamé a Dios, a Dios clamé» (v. 1). Así se desahogó y ganó algún alivio; y entonces vemos que tomó el camino correcto para obtenerlo (v. 2): «Al Señor busqué en el día de mi angustia.» Quienes tienen angustiada la mente no deben tratar de sorber ni de menospreciar la angustia, sino de calmarla por medio de la oración. 2. Su pesadumbre melancólica. «Mi mano estaba extendida de noche y no reposaba, cuando era tiempo de reposo; mi alma rehusaba ser consolada» (v. 2. Lit.). Se negaba a dar oídos a los que intentaban consolarle. Quienes, al estar apenados, rehúsan el consuelo, afrentan en cierta manera a Dios. 3. Sus obsesiones melancólicas. Cuando se acordaba de Dios, sólo veía su justicia, su ira, su majestad pavorosa y, así, Dios le resultaba aterrador, sin dejarle descansar (vv. 3,4): «Me acordaba de Dios y gemía; cuando meditaba en ello, desmayaba mi espíritu. Sujetabas los párpados de mis ojos» (lit.). Sus pensamientos acerca de Dios, en lugar de confortarle y proporcionarle descanso, le daban terror y le impedían dormir. La melancolía se ceba en quienes padecen obsesiones de esta clase. 4. Sus reflexiones melancólicas (vv. 5, 6): «Consideraba los días de antaño, los años de los tiempos antiguos, etc. Y los comparaba con los días presentes; la antigua prosperidad sólo me servía para agravar mi actual calamidad, pues no veo los portentos que vieron mis antepasados.» Es un tópico manido decir que todo tiempo pasado fue mejor. No permitamos que el recuerdo de los consuelos que hemos perdido nos impidan ser agradecidos por las bendiciones que nos quedan. Particularmente se acordaba de sus cánticos de noche, pero ahora estaba fuera de tono y ese recuerdo sólo le servía para derramar su alma dentro de sí (42:4—sentido dudoso—. Comp. Job. 35:10). 5. Sus temores melancólicos (vv. 6b-10): «Meditaba en mi corazón y mi espíritu inquiría», es decir, buscaba una respuesta satisfactoria a sus aprensiones: «¿Desechará el Señor para siempre, como lo hace ahora? ¿Ha cesado para siempre su misericordia? Etc.» Este es el lenguaje de un alma desconsolada, algo que les suele suceder incluso a los que temen a Yahweh (Is. 50:10). Los hijos de Dios, en un día nublado y oscuro, pueden verse tentados a sacar conclusiones negras, desesperadas, acerca de su propio estado espiritual, así como acerca del estado general de la Iglesia y de los intereses de Dios en el mundo. Pero no debemos ceder ante tales tentaciones, sino dejar que la fe las responda desde las Escrituras: «¿Acaso ha desechado Dios a su pueblo? ¡En ninguna manera!» (Ro. 11:1). «¿Ha cesado para siempre su misericordia?» ¡No! «La misericordia de Yahweh es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen» (103:17) «¿Se ha acabado perpetuamente su promesa?» ¡No! «Es imposible que Dios mienta» (He. 6:18). «¿Ha encerrado en su ira sus compasiones?» (v. 9b). ¡No! «Sus compasiones no se han agotado. Nuevas son cada mañana» (Lam. 3:22,23). Por tanto, «¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín, etc?» (Os. 11:8, 9). De repente, se corrige a sí mismo con ese Selah, como diciendo: «Para aquí, no sigas» y, a continuación, añade: «Ésta es mi debilidad: Pensar que la diestra del Altísimo pudo cambiar» (v. 10. Lit.). En este momento, comienza su recuperación. Versículos 11-20 Recobrándose, trata el salmista de reavivar de nuevo sus recuerdos y ahora, sí, va por el buen camino: «Me acordaré de las obras de Yah, no de su majestad pavorosa ni de su ira, sino de las obras que llevó antaño a cabo a favor del pueblo (vv. 11,12), de donde puede inferir un final feliz para la presente oscura situación. El recuerdo de los portentos de Dios a favor de los suyos es el mejor antídoto contra la desconfianza en sus promesas, porque Dios no puede cambiar. Dos cosas, en general, satisfacen al salmista: 1. Que el camino de Dios es santo (v. 13. Lit. en santidad). Tiene, pues, finales santos para todo lo que hace o permite, pues todo es para bien de los que le aman (Ro. 8:28). Su camino está de acuerdo con sus santas y fieles promesas. 2. Que el camino de Dios es poderoso: se abre paso por entre las aguas profundas, y cierra después su sendero sin dejar rastro (v. 19). Toda la sección siguiente (vv. 14-20), resumen de lo que Yahweh hizo con su pueblo desde la salida de Egipto hasta la entrada en Canaán, es una prueba de que no hay dios tan grande como el Dios de Israel (v. 13b). Yahweh fue siempre delante de su pueblo con el amor y el cuidado de Buen Pastor (v. 20). Moisés y Aarón guiaron al pueblo, el primero en calidad de gobernador, el segundo en calidad de sumo sacerdote: las dos grandes ordenanzas del magisterio y del ministerio. Moisés y Aarón no podían hacer nada sin Dios; pero Dios lo hizo por medio de ellos, como por medio de la columna de nube y de fuego.
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