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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre
 tales adoradores busca que le adoren.
Jn..4:23

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Comentario a Salmos 137

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Salmos 137 (RV60)

1 Junto a los ríos de Babilonia,
Allí nos sentábamos, y aun llorábamos,
Acordándonos de Sion.
2 Sobre los sauces en medio de ella
Colgamos nuestras arpas.
3 Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos,
Y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo:
Cantadnos algunos de los cánticos de Sion.
4 ¿Cómo cantaremos cántico de Jehová
En tierra de extraños?
5 Si me olvidare de ti, oh Jerusalén,
Pierda mi diestra su destreza.
6 Mi lengua se pegue a mi paladar,
Si de ti no me acordare;
Si no enalteciere a Jerusalén
Como preferente asunto de mi alegría.
7 Oh Jehová, recuerda contra los hijos de Edom el día de Jerusalén,
Cuando decían: Arrasadla, arrasadla
Hasta los cimientos.
8 Hija de Babilonia la desolada,
Bienaventurado el que te diere el pago
De lo que tú nos hiciste.
9 Dichoso el que tomare y estrellare tus niños
Contra la peña.

____________________________________________________

Comentario al Salmo 137

Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia."
Libros poéticos -Salmos Tomo-1. Editorial CLIE.

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De gran belleza literaria, este salmo es una lamentación nostálgica, mezclada con imprecaciones llenas de indignación contra los opresores de Israel. I. Nostalgia de los exiliados (vv. 1, 2). II. Rehúsan ofrecer entretenimiento a sus opresores (vv. 3,4). III. No pueden olvidar a Jerusalén (vv. 5,6). IV. No pueden perdonar a Edom ni a Babilonia (vv. 7-9).

Versículos 1-6

1. Vemos primero al pueblo de Dios sembrando con lágrimas. Sentados en actitud de duelo (Is. 47:1) junto a los ríos, es decir, los canales del Eufrates (Jer. 51:13), lloran los exiliados recordando a Sión (v. 1), el santo monte sobre el que estaba antaño el templo. El afecto a la casa de Dios les quitaba el interés por cobijarse en sus propias casas. «En los sauces... colgamos nuestras arpas» (v. 2). No las habían escondido entre los arbustos ni en las hendiduras de las rocas, sino que las habían colgado en los sauces, para que su misma vista les trajese constantemente a la memoria el deplorable cambio de situación. Es probable que las usasen cuando estaban solos, pero las retiraban de sí cuando sus opresores les pedían entretenimiento.

2. Los que los habían llevado cautivos y los atormentadores (lit. Quizás en el sentido de «escarnecedores» o «burladores») les pedían cánticos alegres (v. 3), lo cual era realmente una burla hacia quienes estaban llorando su cautividad y su ausencia de la patria. El cantar a estos opresores cánticos de Sión era parecido a beber el vino de Babilonia, como hizo después el rey Belsasar (Dan. 5:3,4), en los vasos sagrados del templo de Jerusalén.

3. La mansedumbre con que aguantaron ellos estos abusos (v. 4). No podían dar gusto a estos burladores, pero respondieron con paciencia y con piedad: «¿Cómo habíamos de cantar el cántico de Yahweh en tierra extranjera?» Como diciendo: «Es el cántico de Yahweh; es cosa sagrada, apropiada para el templo y el culto del verdadero Dios; por tanto, no osamos cantarlo en tierra extranjera y entre idólatras.»

4. El constante afecto que guardaban hacia Jerusalén, la ciudad de sus solemnidades, incluso ahora que se hallaban en Babilonia. Siempre la tenían en la mente, aunque muchos de ellos nunca la habían visto. En sus oraciones diarias, abrían las ventanas en dirección a Jerusalén:

¿Cómo podían olvidarla? Los vv. 5 y 6 son de una belleza extraordinaria:
«Si me olvido de ti, oh Jerusalén (v. 5), es decir, si no te guardo el respeto que tu memoria merece, que mi diestra olvide su arte (falta en el original, pero no cabe duda de que es así como debe suplirse).» Y sigue diciendo (v. 6): «Que mi lengua se pegue a mi paladar, es decir, que pierda la facultad de hablar y cantar, si de ti no me acuerdo con amor y respeto; si no enaltezco a Jerusalén como preferente asunto de mi alegría, esto es, como mi motivo principal de gozo y felicidad.»

Versículos 7-9

Los piadosos judíos residentes en Babilonia, después de afligirse con el recuerdo de las ruinas de Jerusalén, se alegran ahora con la perspectiva de la ruina de sus implacables enemigos. Recordemos que nos hallamos en tiempos en que regía la ley del talión. Piden que sus enemigos sufran el mismo castigo que les han infligido a ellos. Nombran primero (v. 7) a Edom, a los descendientes de Esaú, los cuales, en lugar de entristecerse por su parentesco con el pueblo de Israel, todavía llevaban en el pecho el rencor de Esaú contra su hermano que le había quitado la primogenitura y les gritaban a los babilonios con respecto a Jerusalén:

«¡Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos!» Apostrofan luego a Babilonia con el epíteto insultante de «la devastadora» (v. 8), aunque el término hebreo es claramente un participio pasivo, por lo que la única traducción correcta es: «la devastada» (usado como pretérito profetice), esto es, «la destinada a ser destruida»; por supuesto, en pago de la destrucción que ella misma ha causado, como da a entender el contexto. La imprecación del v. 9 es realmente terrible, pero, aparte de lo dicho arriba, han de tenerse en cuenta dos factores: 1. Tal barbaridad había sido cometida con frecuencia contra Israel (2 R. 8:12; Os. 10:14) y los babilonios eran culpables de esa atrocidad (v. Jer. 51:24, comp. con Is. 13:16). 2. Dice Maclaren: «Quizá, si algunos de los modernos críticos hubiesen estado bajo el yugo del que el salmista había sido libertado, habrían entendido un poco mejor cómo un buen hombre de esa época podía regocijarse de que Babilonia quedase devastada y toda su raza extirpada».


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