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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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Salmos 149 (RV60) -Exhortación a Israel, para que alabe
a Jehová.
1 Cantad a Jehová cántico nuevo; ____________________________________________________
Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." El salmo anterior era un himno de alabanza al Creador; éste es un himno de alabanza al Redentor (como lo son, respectivamente, los caps. 4 y 5 del Apocalipsis). Es un salmo de victoria en el Dios de Israel y contra los enemigos de Israel. Parece ser que la ocasión fue el triunfo de Nehemías contra los hostiles vecinos que querían impedir sus planes. Aquí vemos: I. Abundancia de gozo para todo el pueblo de Dios (vv. 1-5). II. Abundancia de terror para los más orgullosos de sus enemigos (vv. 6-9). Versículos 1-5 1. Los llamamientos a Israel para que alaben a Dios. En el salmo anterior, todas las obras de Dios eran convocadas para alabarle; pero aquí se convoca, de manera especial, a Israel para que alabe a Yahweh con un cántico nuevo (v. 1, comp. con 96:1) en la congregación de los devotos (hebreo, jasidim). El vocablo es el mismo de 148:14b, donde dice «sus devotos» (jasidaiv). Esta alabanza ha de ir acompañada de gozo y alegría (v. 2), que han de manifestarse al exterior con música y danzas (v. 3). Gran parte del poder de la piedad en el corazón depende de poner en Dios la fuente de nuestro gozo y solaz. El apóstol nos exhorta (Fil. 4:4): «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» El salmista exhorta a los israelitas a que alaben a Dios y canten aun sobre sus camas (v. 5b), a las que pueden ahora retirarse tranquilos, pues han sido vencidos sus enemigos. 2. El motivo que presenta para esta alabanza a Dios: Yahweh se complace en su pueblo (v. 4, comp. con 147:11), y lo ha demostrado al hacer que se acabase el exilio, pudiendo los israelitas regresar a su país. «Hermosea a los humildes con la salvación» (v. 4b). Los que habían sido humillados, oprimidos, degradados, como «afeados» por sus conquistadores, quedan ahora como «embellecidos» por la liberación que Dios les ha proporcionado. Versículos 6-9 1. Pero la alabanza de Dios ha de ir unida a la precaución (v. 6): «Haya alabanzas a Dios en sus gargantas, y espadas de dos filos en sus manos», lo que nos recuerda la situación de Neh. 4:10, cuando estaban ocupados en la reconstrucción del muro y, al mismo tiempo, preparados para la defensa. Hace notar Cohén que «este versículo estaba en la mente de los guerreros macabeos, descritos como "luchando con las manos, pero orando a Dios en su corazón"» (2 Mac. 15:27) (apócrifo). 2. A continuación, el salmista usa un lenguaje escatológico, y aun apocalíptico. La venganza a la que alude en el v. 7 es un eco de Is. 61:2; 63:4. Dice Maclaren: «En el salmo precedente, la restauración de Israel estaba conectada con el reconocimiento de la gloria de Dios por parte de todas las criaturas, especialmente de los reyes de la tierra y todos los pueblos (148:11). Este salmo presenta la idea opuesta (o complementaria) de que el Israel restaurado se convierte en ejecutor de los juicios contra aquellos que rehúsen unirse a la alabanza que resuena en Israel para hallar eco en todos.» La fraseología de los vv. 8 y 9 trae también a la memoria las profecías mesiánicas de Is. 45:14; 49:7, 23. Por supuesto, esta venganza no ha de ejecutarse en la presente dispensación de la gracia, pues Cristo nunca quiso que su evangelio se propagase por medio de la espada o del fuego. Cuando hay alabanzas a Dios en nuestras gargantas, no hemos de tener en las manos espadas de dos filos, sino ramas de olivo de paz. La espada del cristiano es la palabra de Dios (He. 4:12) y del Espíritu Santo (Ef. 6:17). Con esa espada de dos filos, los primeros predicadores del Evangelio obtuvieron gloriosas victorias sobre el poder de las tinieblas; fue ejecutada la venganza sobre los dioses de los paganos por medio de la convicción y conversión de quienes por largo tiempo habían sido sus adoradores. Las fortalezas de Satanás fueron derribadas y destruidas (2 Co. 10:4, 5) y los grandes del mundo, como el gobernador Félix, se pusieron a temblar. Sobre todo, con esta espada de dos filos, que es la palabra de Dios, los creyentes luchan contra sus corrupciones y, con la gracia de Dios, las someten y mortifican; el «yo», ese gran rey, es sujetado con cadenas de oro —de amor— y llevado a someterse de buena gana al yugo de Cristo. Este también es un honor para todos sus santos (v. 9b).
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